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Introducción

Justificación de la investigación

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Los métodos de conservación de recursos fitogenéticos se basan en dos estrategias posibles, la conservación ex situ, consistente en la conservación de la diversidad genética fuera de sus hábitats naturales, y la conservación in situ, o mantenimiento y recuperación de poblaciones viables en los ambientes en los que han desarrollado sus características distintivas, en los agroecosistemas de sus zonas de procedencia.

La conservación ex situ en bancos de germoplasma presenta las ventajas de la reducción de coste y la mayor facilidad para el control, la caracterización y el acceso al germoplasma de los agentes interesados en él. Por el contrario, los inconvenientes son varios. Por una parte, tomar muestras adecuadamente de todo el rango de la diversidad existente no es factible. Por otro lado, se inhibe la evolución de las variedades con su entorno ecológico, impidiendo la selección y adaptación a los distintos factores del ambiente. Igualmente existe un riesgo de erosión genética, derivado del hecho de en numerosos casos las instituciones carecen de los medios suficientes para asegurar un mantenimiento óptimo de las entradas que conservan. Finalmente, la concentración de este material en un solo lugar puede suponer riesgos de pérdida del mismo por accidentes, sabotajes o ataques de diverso tipo (FAO, 1996a; ZIMMERER, 1996 9).

La conservación en finca, a través de procesos de selección, cruce, reproducción y manejo que han llevado durante largos periodos de tiempo los campesinos supone mantener la diversidad, la variabilidad, así como la coevolución y adaptación a las condiciones específicas y cambiantes del lugar. Igualmente supone la salvaguarda y actualización del conocimiento asociado a las variedades y los sistemas agrarios de los que forman parte. La opción por uno u otro tipo de conservación no es sólo una alternativa de tipo técnico, sino también social, ya que hay un protagonismo diferencial de los sistemas expertos y de los agricultores, de las comunidades locales rurales, de la sociedad civil en definitiva.

Ahora bien, no conviene plantear como una radical dicotomía los dos tipos de conservación ya que, aunque no muchos, sí son ciertos los diversos casos en que se da una colaboración entre bancos de germoplasma y explotaciones agrarias, siendo muy interesante como experiencia el banco de germoplasma in situ de Maambong, Filipinas, que funciona como un lugar de referencia para la conservación de las variedades, que trabajaron o trabajan los campesinos de la zona en que se asienta y en relación con un banco de germoplasma ex situ de esa zona geográfica (NAZAREA, 1998).

En décadas pasadas se intentó paliar el problema de pérdida de la biodiversidad únicamente a través de la conservación ex situ, arguyendo los problemas técnicos del manejo de la complejidad que supone la agricultura real y la necesidad de grandes aportes económicos para tal objetivo. Si la biodiversidad silvestre podía ser mantenida en el lugar mediante sistemas de coerción y prohibición, la cultivada necesitaría para seguir siendo efectiva en las fincas de la implicación de los agricultores de manera positiva. Proliferaron así los bancos de germoplasma ex situ y las tecnologías a ellos asociadas (ORLOVE y BRUSH, 1996; PISTORIUS, 1997; BRUSH, 2000).

Pero con la agudización de la crisis ecológica mundial, particularmente de la reducción de la biodiversidad agrícola, y con el agrandamiento de la conciencia pública sobre el problema y la necesidad de una agricultura sostenible en todas sus dimensiones, tiene lugar una revitalización del interés por las variedades cultivadas locales. Este interés va más allá de lo puramente ecológico, señalándose nuevos escenarios para la viabilidad económica de tales cultivos en el contexto económico, social y cultural de principios del nuevo milenio (ACOSTA, 2007; ACOSTA y DÍAZ, 2002).

Con estos antecedentes podemos explicarnos la corriente que a escala internacional aboca a la necesidad de trabajar la diversidad en finca de las variedades cultivadas tradicionales, como se contempla en el Plan de Acción Mundial de FAO para los Recursos Genéticos para la Alimentación y la Agricultura (FAO, 1996b), que como uno de sus propósitos establece el de: “Organizar programas en fincas y huertos basados en los sistemas locales de conocimientos, instituciones y ordenación, asegurando la participación local en la planificación, ordenación y evaluación”. En un tenor parecido se manifiesta el Consejo de la UE en el documento 5124/04 relativo a los recursos genéticos en el sector agrario. Así mismo, el Convenio sobre Biodiversidad de 1993 defiende “la conservación de la diversidad biológica y la utilización sostenible de sus componentes”, incluyendo como diversidad biológica las especies domesticadas o cultivadas, aunque de manera vaga. La Estrategia de Biodiversidad de la UE refleja su compromiso con el Convenio y en 2004 se aprueba el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Agricultura y la Alimentación, centrado específicamente en “evitar la pérdida de la diversidad de especies y variedades agroalimentarias en desuso y de aquellas cuyo potencial genético es susceptible de utilización directa o de ser empleado en la mejora genética de especies vegetales”. A esca la nacional, España lo incorpora en la normativa de semillas, plantas de vivero y de recursos fitogenéticos (Ley 30/2006), a través del Programa nacional de conservación y utilización sostenible de los recursos fitogenéticos para la agricultura y la alimentación (Art. 48), apoyando acciones para la conservación y propagación de la biodiversidad cultivada en el territorio español e introduciendo el concepto de variedad de conservación para referir a las variedades autóctonas. Además, en su artículo 51, hace mención específica a la importancia de los conocimientos tradicionales de los agricultores mantenedores de variedades locales en peligro de desaparición, también considerados en el Art. 3 de la Ley del Patrimonio Natural y la Biodiversidad (Ley 42/2007). A nivel regional, el Plan de Medio Ambiente de Andalucía 2004-2010 refleja la preocupación por la pérdida de biodiversidad y su importancia en el desarrollo sostenible del medio rural (pág. 17 del PMA).

Nuestro planteamiento de partida es que, en el actual contexto del sector agrario, el medio rural español y los nichos de mercado de una sociedad posfordista, existe un potencial para la reintroducción de variedades locales. En dicha recuperación tienen un papel crucial tanto el conocimiento científico como los saberes locales.

El mantenimiento y acrecentamiento de la biodiversidad en la agricultura no puede tener lugar si no conocemos las posibilidades reales de que los agricultores opten por ella y, en concreto, por el uso sostenido en el tiempo de las variedades vernáculas, las más adaptadas a las condiciones específicas de los ambientes locales. Para un empeño tal se precisa no sólo del conocimiento sobre sus características agromorfológicas y su comportamiento agronómico real, sino sobre el contexto económico, social y cultural en el que tal recuperación puede darse en el campo, así como de las motivaciones de tipo cultural y simbólico que puedan tener los potenciales consumidores de estas variedades.

Ha sido necesario por tanto llevar a cabo una investigación de campo en un área precisa, en la que existían posibilidades reales de recuperación de especies, de cara a iniciativas concretas de desarrollo agrario y puesta en el mercado de las variedades, para poder realizar el seguimiento de un proceso completo de este tipo y perfeccionar una metodología de actuación replicable en otros contextos rurales. El Entorno de Doñana cumple con estas condiciones, al contar con una enorme diversidad de paisajes agrarios, tanto tradicionales como muy modernizados, según las zonas y aún dentro de las mismas zonas. Cuenta por tanto con áreas de expansión próximas y con espacios ecológicos y económicos que recolonizar, con una base productiva agrícola importante, puntera en algunos casos, y con unas explotaciones de agricultura ecológica en crecimiento, necesitadas de un suministro de semillas de calidad y de variedades que se avengan a los requerimientos de una agricultura sin insumos químicos y adaptadas a las condiciones del entorno, cual es el caso de las variedades locales.

Para llevar a cabo esta indagación sobre los recursos fitogenéticos hemos llevado a cabo una inmersión en el área, en los agroecosistemas tradicionales y en los recursos fitogenéticos locales, así como en el conocimiento local sobre la materia. Esto se ha realizado tanto en lo que refiere al proceso material de selección y construcción de las variedades, como en cuanto a los criterios culturales de definición de las mismas, las taxonomías folk y las instrucciones operacionales para su manejo. Se ha identificado y definido con criterios culturales el material genético utilizado en la zona en épocas pasadas hasta donde la memoria colectiva nos lo ha permitido y conocido el papel que desempeñaba en el contexto agronómico y económico de los pueblos. De este modo nos ha sido posible llegar a entender la situación actual de las variedades locales, identificarlas y caracterizarlas, así como a sistematizar su manejo actual y el conocimiento a ellas asociado.